14 agosto 2014

Casas


Al igual que a Nanni Moretti, me gusta perderme por barrios de mi ciudad y ver casas. Lo mismo me sucede en otras ciudades. Me gusta caminar y fijarme en los diferentes edificios que hacen a un barrio diferente del otro. Incluso los diferentes tipos de casas en la misma calle. Para eso Praga es una maravilla. Puedes estar días y días disfrutando de casas diferentes, con su particular colorido y personalidad, según la zona en la que estés. Y no sólo me gusta ver casas a nivel del suelo, también desde lo alto de un edficio, con el horizonte de fondo. Disfrutar de los matices y la variedad de los tejados, los áticos, algunos con piscinas, otros con rótulos de anuncios, terrazas, plantas, máquinas de ventilación, chimeneas, tejas y cornisas...

Otro detalle que me gusta es pasar por casas en las que alguna vez he estado, bien porque vive algún amigo, he grabado algo, o simplemente estaba la consulta de un médico al que un día fui. También me gusta pasar por casas y calles en las que alguna vez vi un piso para alquilar. Pienso en cómo sería mi vida allí si hubiera dicho que sí, que me quedaba con ese zulo sin apenas luz, o en esa triste casa con los muebles más viejos del mundo. O aquella con esa esas vistas tan buenas pero que me la quitó alguien más rápido que yo al decidirse. Y los pisos, y las casas siguen ahí con sus obras, en algunos casos, ya terminadas. Con gente viviendo entre sus paredes, acumulando recuerdos y olores y sabores en sus diminutas cocinas. En cambio, tiendo a evitar pasar por pisos en los que viví. Es como si pasara por delante de un escenario fantasmal, donde siento que todavía estoy allí, subiendo y bajando escaleras, mirando por esas ventanas, durmiendo en aquellas camas. 

Bueno, hay una excepción, y es la casa donde crecí y viví hasta los 14 años, por la plaza de las Salesas. Siempre busco una excusa para pasar por delante de ella y, en mi absurdo y particular ritual, tengo que tocar alguna de sus paredes. Entonces, aunque sepa que por dentro fue destruída por completo y vuelta a reconstruir, siento algo de calor en esa fachada. Algo que me conecta con ese eficio sin aparente vida, ese conjunto de hormigón, tuberías, cables y ventanas. Y me traslado a esa buhardilla en la que me quedaba mirando el cielo azul desde sus ventanas en el techo, agarrado a una barandilla inestable de metal, que sostenían las escaleras de madera con las que subía y bajaba de dos en dos sus viejos escalones.

01 agosto 2014

Breve exilio en Helsinki - Día 4 (y último)

BREVE TELEGRAMA DESDE AEROPUERTO HELSINKI - VANTAA

Desayuno en el hotel. Compra post tailandés express. Mucha canela. No sé cómo se llaman.Vuoksen piirakka es uno de ellos. Buenísimo. Me acicalo y preparo maleta. Check out. Dejo maletas en habitación y, cómo no, salgo a dar una vuelta. Tranvía 8 a final de línea por mi zona. Me hace compañía un homeless. Final de recorrido: Salmisaari. Todo desértico. Edificios y carretera en construcción. La nada. Aquí termina Helsinki. Veo párking de ferries a Estonia y Rusia. Inmensa explanada. Llego a inicio de Tranvía 9, junto a entrada del puerto de esos barcos. Subo. Parada otra vez en Hakaniemi. Sí, hay un mercado de frutas. En parada de tram casi me alcanza una lata de cocacola que vuela del techo. Tranvía 1, a tomar por culo me voy. Al norte. Última parada, muy lejana: Pohjolanaukio. Sigo más al norte caminando por Pohjolankatu. Mitad de calle con bloques feísimos. En la acera de enfrente, mansiones llenas de árboles y belleza. Hay otros mundos, pero todos están aquí. Vuelvo atrás a zona peculiar y bastante curiosa, justo unas paradas antes de la última del tranvía: la misma calle de antes pero por la zona de Käpylä. Avenida con casas de madera, de diferentes colores cada una de estas casas. Todo rodeado de naturaleza y vida tranquila. En una de las casas hay una moto aparcada en la entrada. No hay puertas. No hay cámaras de seguridad ni alambradas.
No se necesitan.
Me quedaría a vivir en esta calle, sin duda.
Encuentro con equipo de rodaje que graban al tranvía. Una cámara, dos eléctricos y equipo de iluminación básico. Da indicaciones al tranvía. Con pasajeros dentro. Llueve un poco. Vuelta al centro. Último paseo y metro dirección hotel. Antes voy a NYC Burger y encargo una bien hecha. Todo muy bueno, excepto unos nachos que, de manera surrealista, pedí como acompañantes a los que puse diferentes salsas que hacen que arda mi boca. Todo controlado. Salgo y graniza. Recojo maletas y otra vez metro a Estación Central. Autobús de Finnair al Aeropuerto. Conductor a punto de cerrar y llego corriendo. En viaje, tengo gordo con piernas abiertas a mi lado y a un señor tratando, inútilmente, de tranquilizar a su hijo pequeño cantándole en inglés. Así media hora de viaje.
Control de seguridad más rápido de mi vida. Policías amables que te recuerdan que debes quitarte el cinturón y que no debes portar líquidos. Sonríen sin parecer falsos. Esto es otro ritmo. Ya estoy dentro. Aeropuerto muy estrecho, caos en algunas puertas donde se mezclan la gente que llega con la que se va. Los orientales dando gritos por los pasillos. Hago tiempo viendo tiendas con los típicos souvenirs de Finlandia y demás contenido habitual de Duty Free Shops.
Mientras veo cómo revisan, cargan y descargan mi avión de Finnair, detrás de un gran ventanal, escribo las últimas líneas de despedida de este breve exilio en Helsinki. No son suficientes nunca unos pocos días de exilio. Al fondo, varios aviones hacen cola para despegar entre las nubes que aseguran algo de lluvia. En breve de nuevo en el escenario habitual, Madrid.
Kiitos oikein paljon. Näkemiin Helsinki!

Más fotos de este exilio en Helsinki, aquí

30 julio 2014

Breve exilio en Helsinki - Día 3

Un día tranquilo.

Después de comprar el desayuno en otro súper cerca del hotel, cojo un tranvía y vuelta al centro. Esta vez hasta la parada de la Opera de Helsinki. Al otro lado de la calle se encuentra el Estadio Olímpico, pago tres euros y subo hasta la última planta de la torre desde donde se divisa toda la ciudad. Esa parte es bastante estrecha, imagino el caos en hora punta. Bueno, no. En este país no me imagino la palabra caos. Hay una bonita panorámica de la ciudad, rodeada del verde de los bosques y con una apariencia bastante uniforme. Mientras espero el ascensor, hay una pequeña sala con fotos de hitos sucedidos en este estadio. Desde un concierto de los Rolling Stones hasta un córrner lanzado por Jari Litmanen. Lástima que hayan elegido una foto del mejor jugador de fútbol finlandés de todos los tiempos en la que sale DE ESPALDAS. Abajo me encuentro una manada de jubilados que están entrando para subir a la torre. De buena me he librado. Salgo y camino hacia el estadio de fútbol principal de la ciudad, Sonera Stadium, donde un grupo de trabajadores están preparando un equipo de iluminación en una de las gradas.

Cojo un tranvía, el 10, que me lleva a otra punta de la ciudad más hacia el noroeste. En Pikku Huopalahti no hay atracciones turísticas. No hay turistas. No hay apenas nadie por la calle. Es un barrio de casas bajas pero con diseños muy curiosos. ¿Qué coño hago aquí? Me gusta la sensación de estar aquí. Sólo eso. No creo que pueda sentir algo parecido en mi barrio de Madrid. Dudo mucho que sienta algo similar estando en Benidorm, Gandía o Torremolinos. Por eso vine aquí. Doy un paseo por la zona, saco fotos, apenas me cruzo con gente. La contaminación es una fantasía en esta parte de la ciudad y, en general, por toda la ciudad. Bajo de nuevo hasta Opera y cojo otro tranvia que me leva a una pequeña playa al oeste, y me encuentro con un escenario diferente al anterior. Barrio de Munkkiniemi, chalets, bonitas vistas al mar, residencia de embajadores, estamos casi en la montaña. Una señora se baja del tranvía con una silla plegable y va a la playa donde sólo hay unas pocas personas. A esto le llaman calidad de vida.

Vine a Helsinki a andar, coger tranvías que me lleven lejos del centro, observar a la gente y sentir que estoy AQUÍ y no allí. Lejanía y soledad. Y de paso visitar algún museo. El de fotografía al lado del hotel que tenía pensado ir hoy no puede ser. A última hora me entero de que cierran en julio. Paska.

Pero sí que entro en el museo de arte contemporáneo Kiasma, que quiere decir "Juntos", y en donde también aproveché para comer. Dentro del museo hay obras muy interesantes, como un recopilatorio de artistas que han expuesto en este centro durante estos últimos años. Me encantan las instalaciones de Jacob Dahlgre, por ejemplo, su"Maravilloso mundo de la abstracción" en el que te puedes meter literalmente dentro de su obra, o los videos de Hannu Karjalainen, "El hombre de la camisa azul" y "Mujer con pelo oscuro" o el de Brad Downey, "This is how we roll". Aunque lo mejor de todo fue la exposición del artista chileno Alfredo Jaar, activista critico y comprometido, original y cuya obra tiene bastantes referencias "pop" actuales, incisivo contra los medios y la política de Occidente (sobre todo la norteamericana) de los últimos cuarenta años. Una de sus obras, además, te la podías llevar a casa: Un bloque de láminas - posters en los que aparece la frase "You Do Not Take a Photograph. You Make It".

Al terminar vuelvo a Esplanadi a ver quién toca a las 16:00, pero aburre un poco. Jazz estilo "música ambiental en directo" en el bar del hotel o el crucero de turno. Me quedo con un grupete que en un banco han traído un poco del universo del Treme de Nueva Orleans a este parque. Intento entrar más tarde en la Capilla del silencio, de la que tanto y tan bien había oído hablar antes de venir. Un rincón para el silencio en un vértice del bullicio de Kamppi, decían. No sé por qué pensé que no tenía ningún matiz religioso ese lugar, pero cuando veo en la entrada a un hombre de negro y alzacuellos blanco salgo de ahí pitando.

Por cierto, dicen que no se oye a la gente hablar por la calle y no es cierto. La gente habla, pero con el volumen justo, y para nosotros eso es bastante bajito, claro. Pero no es que te rodee silencio, precisamente. Los países más mediterráneos es que llevamos el ruido en la sangre, creo.

Sigo dando vueltas como uno de esos borrachos con los que me cruzo, a medio camino entre el perroflauta ibérico y el bohemio de la calle. Algunos cantan o tocan un instrumento, otros simplemente beben otra cerveza más. Sin ganas de montar bronca. Parece que aquí va cada uno a lo suyo, sin molestar al de al lado. Paso por el Senado, majestuoso y vacío en sus escalinatas anaranjadas y me dejo llevar hasta una terraza donde un hombre toca al piano "Somewhere beyond the sea" y me dan ganas de cantar con él. Sigo caminando hasta que acabo sentado en el césped que hay sobre una colina frente al Kiasma. Atardece y la luz del sol llega cálida y suave, lo que invita a que se reúnan muchos grupos dispares en ese lugar. Unos hacen skate, otros beben algo, otros escuchan música, hablan, ríen. Easy life. A lo lejos se oyen ritmos jamaicanos que proceden de un partido de fútbol que están jugando unos inmigrantes en una especie de torneo callejero en una pequeña cancha situada cerca de la Estación Central.

Hay poca presencia policial por las calles y en edificios públicos. Me temo llegar a Madrid y sentirme en una cárcel de máxima seguridad, creo. El problema no está en la policía. Se trata de si estamos preparados ahí, al sur de los Pirineos, para vivir en una sociedad que no necesite tanta presencia policial. Me temo que no.

Este fantasma que os escribe no quería repetir la escena pánico de ayer noche, así que perfilé alternativas para la cena. Pensé irme a conocer otra punta de la ciudad, coger algo en un super, volver al hotel e improvisar una cena barata y ligera. Pero en mitad del plan se me cruzó un cable y cambié de opinión. Empecé bajándome en Hakaniemi, en una plaza enorme y vacía donde creo que hay un mercado cerca del mar. Los minutos pasaban y dudé entre coger el metro, seguir el plan inicial de ver mundo o, directamente, tomar un tranvía de vuelta al hotel previo paso por el supermercado de esta mañana. Elegí esta opción pero, oh, decido bajarme dos paradas después, donde hay otra parada de metro y otro supermercado. Sin ninguna razón. Entro y veo que están recogiendo varios restaurantes en ese centro comercial junto a la estación de metro. Sigo bajando escaleras y de repente me encuentro un restaurante: "HAPINESS, thai-buffet 10 euros". Sin saber cómo ni por qué me veo pagando a una señora tailandesa por ese "buffet". Imposible volverse atrás.
Horrerur.
Apenas quedan platos del buffet. Me giro y veo que el horario es hasta las 20 horas. Soy el único cliente y han pasado 15 minutos del horario de cierre. Están recogiendo lo que queda de ese tugurio sacado de un ghetto de Bangkok mientras cojo un plato y pongo un poco de arroz amarillo, noodles con algo marrón, trozos de pollo (?), rastrojos de verduras asadas, un par de rollitos y otro par de pinchos con pollo rebozado y mojado en salsa de color rojo brillante. De paso termino con una ridícula bandeja donde hay un par de makis, uno con algo rojo encima y otro con algo verde fosforito. Apenas hay agua en un dispensador y me siento en una mesa junto a la cocina. Los camareros me miran recelosos, deseando que termine cuanto antes, y eso hago. En menos de diez minutos he vaciado mi plato. La boca me arde por la mezcla de salsas pero reconozco que no sabía del todo mal. Sí, vine a Helsinki para todo lo que dije antes y para cenar fuera de hora en un tugurio dentro de una estación de metro, donde cada vez que pasa un vagón tiembla el suelo.

Salgo escopetado hacia una versión reducida del supermercado de esta mañana que está justo enfrente del tailandés y pillo algo para desayunar mañana en el hotel y así hacer el check-out pronto, dejar las maletas en consigna y dar otra vuelta por la ciudad antes de pillar el bus hacia el aeropuerto. Cojo el metro que tiene una iluminación psicodélica y magnética al bajar las escaleras, lo que haría las delicias de Wong kar wai. Al salir en Ruoholahti camino en dirección opuesta, y bajo una lluvia finísima, llego a un canal donde hay un grupo de tres chicas sentadas en el borde mientras ven anochecer relajadamente. Cuántas fotos llevaré ya de este viaje. Demasiadas. Hacía mucho que no salía a ver mundo, desde aquellas crónicas bohemias de Praga.

Lo echaba de menos.

Ver más fotos de este viaje, aquí.

29 julio 2014

Breve exilio en Helsinki - Día 2

Evito un buffet de 18 euros en el hotel, así que entro en un centro comercial cercano. Pillo un manzana, un zumo JUVER de piña y un sandwich misterioso (no entiendo los ingredientes). En una piedra con forma de cubo, bajo un arbolito, me pongo a desayunar. Hace una mañana estupenda. Cálida y, pee a la bruma, luminosa. Al final el sandwich era de atún, menos mal. Aquí hay mucho salmón, demasiado, como luego comprobé en la Kauppatori (Plaza de Mercado). Allí, entre puestos de souvenirs y ropa de abrigo, se suceden otros chiringuitos de feria donde sirven platos típicos finlandeses para comer en banquetas y mesas cercanas. Muchos se basan en guisos relacionados con el salmón, algunos pescaditos, pulpo rebozado en plan calamares a la romana, albóndigas de arce (sí, de ARCE), etc.

Unas horas antes de este paseíllo por la Plaza del Mercado (junto al puerto, repleto de turistas) me subí a un autobús que recorría por la ciudad en una hora y tres cuartos. Está bien para tener una idea espacial muy general de dónde está todo, ayudado con unos audiocomentarios que te narraban qué era lo que veíamos, aderezados con un poco de historia y de orgullo nacional finlandés al hablar de la calidad del sistema de seguridad social y la educación pública. Estos finlandeses, que no querían estar bajo yugos ni suecos ni rusos. Sólo 5 millones de habitantes hay en todo el país, y en la capital apenas 500.000. Espacio, recursos, equilibrio. Normal que no haya tráfico y que las calles sean espaciosas sin un ápice de contaminación. Y sin apenas ruido de fondo más allá de las gaviotas cerca del mar.
¿Qué coño hacemos en España?

Ya, luego el clima, el vino y la marcha nos quita las penas. Pero vamos. Me basta con leer algo de prensa española antes de salir del hotel y pienso que somos el tercer mundo del primer mundo.

Tras el tour por las zonas más representativas de la ciudad (desde el Estadio olímpico, pasando por el parque de Sibelius o la Iglesia de Temppeliaukiola, bajo unas rocas) me quedo, como comenté, por la Plaza del Mercado. Allí, cuando veo la cola al sol de todos los que esperan el ferry para ir a ver Suomenlinna, se me quitan las ganas de visitarlo mañana. Decido volver a una calle por la que pasamos en el autobús, el Bulevardi, donde había fichado una pizzería (Dennis). Allí como una mini ensalada 'self service', jarra de agua y una pizza de champiñón y pollo por menos de 10 euros. Bonita zona la del Bulevardi, con esa pastelería mítica para puretas llamada Ekberg, como Anita. Me encanta esa palabra, boulevard, aunque tengo la canción de Sisters of Mercy (Detonation boulevard) en la cabeza todo el rato.

Hablando de música, a las 16:00 empieza ese concierto de jazz en Esplanadi, y como todavía tengo un par de horas de por medio decido coger el tranvía 3 y acercarme a Linnanmaki, el famoso parque de atracciones. Es fácil saber cuál es la parada porque es donde se bajan todos los chavales y sus padres. Por fuera me recuerda a una versión express del Parque de atracciones, así que prefiero tomar un camino que bordea el parque e investigar entre la naturaleza. Llego a roca y veo desde ahí la zona sur oeste de Helsinki, y también a una pareja de nudistas que estaban tomando el sol a unos 25 metros de mi. Todo en orden. Sigo bordeando el parque y llego hasta otra parada de tranvía, cojo el 8 y dejo que me lleve hasta la última parada al norte, a ver qué hay. Arabianranta es un barrio de viviendas tranquilo y alejado del centro repleto de edificios de diseño (al menos por fuera). Bajo del tranvía y doy un paseo. A pocos metros de la parada hay un paseo marítimo que bordea la bahía de Hämeentie. Me quedo ahí descansando un rato, mientras pasan algunos con sus bicis o haciendo footing. Se está muy bien ahí, pero regreso rápidamente al centro para al concierto. Llego un poco tarde y ya está lleno de gente de mediana edad, en su mayotría. Mi movil ha muerto así que busco una sombra y me quedo ahí hasta que termina el concierto de jazz. Un cuarteto de guitarra, contrabajo, saxo-clarinete y un baterista que toca como Dios, manejando tiempos y llevando al grupo hacia donde quiere.

Dan ganas de quedarse aquí, la verdad. Aunque no me quiero ni imaginar lo que debe ser esto con pocas horas de luz en invierno. Hellsinki

Cojo el metro y, en dos paradas (sólo hay una línea de metro) vuelvo al hotel a descansar un poco, recargar el móvil y salgo otra vez al centro. Voy a ver el Corona, dentro del conjunto de bares del Andorra, perteneciente a los hermanos realizadores Kaurismäki. Dentro pido media pinta de Guiness y echo un vistazo al local. Un par de barras, mesitas, una terraza y muchas mesas de billar  al fondo, pero sólo juega una pareja. En las paredes cuelgan algunos carteles de películas de los hermanos Kaurismäki y suena de fondo temas muy latinos (OMFG). De hecho llegó a sonar una versión de La Flaca. Me fui a una mesa a leer un periódico en inglés y al terminar la birra me volví a largar cual sombra silenciosa. Igual me paso mañana de nuevo, pero después de cenar, mejor.

A la salida, nueva vuelta por la zona, buscando algún sitio para cenar. Por Mannerheimintie y aledaños sólo veo restaurantes y terrazas, y sin saber por qué empiezo a caminar como un loco, y vuelvo a pasar por la plaza de la Catedral de Helsinki, donde esta mañana había un desfile de bandas militares ante un público que abarrotó las características escalinatas de este templo. También pasé por Kauppatori, el mercado y la Esplanadi, donde hay un grupo de chicas haciendo una especie de corro en el que mezclan una jamming de danza del vientre y otros bailes y cantos variados. Sigo caminando y llego a la estación central, luego giro por la plaza al lado hasta el Teatro Nacional de Finlandia, donde hay un cartel de "Terror y miseria en el III Reich", y me acuerdo de la obra de Brecht "El señor Puntila y su criado Matti", situada en Finlandia, que vi en La Abadía hace mil años, con José Luis Gómez y Lluís Homar haciendo del bipolar terrateniente Puntila y Pedro Casablanc como Matti, y no puedo parar de caminar, y estoy empapado de sudor, cojo un tranvía, el número 4, venga ese mismo, el primero que viene, a lo loco, y me vuelve a dejar donde la Mannerheimintie, como si estuviera tratando de escapar inútilmente de una marea, y vuelvo a caminar y a caminar, sin dirección, como un autómata, atravesando el centro comercial Kampi, donde están cerrando ya (las 21 horas) las tiendas y algunos restaurantes, sigo caminando, cruzo un río y me pierdo durante un par de minutos hasta que diviso a lo lejos una carretera, y un túnel que la atraviesa por debajo, y recuerdo algo parecido cerca del hotel. Camino por esa calle peatonal, tipo rambla, que atraviesa la carretera, y hay gente jugando al frisbee y al baloncesto en unas minicanchas. Un borracho se sienta y se levanta de un banco al ritmo de música electrónica que sale de un móvil, mientras algunas personas pasan a nuestro lado haciendo footing o, cómo no, en bici.

Llego a mi destino, ceno donde ayer y doy una vuelta más hasta  que encuentro el Museo de la fotografía, que mañana visitaré, y un par de fábricas misteriosas que hay en la calle del hotel. Allí, miro por la ventana a las doce de la noche y todavía queda un poco de sol por encima de la oscuridad de la noche. Es como un anochecer remolón, que no acaba por fundir a negro del todo.

Más allá de Laponia, imagino, estará esa naranja en el cielo que decía Atxaga.

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28 julio 2014

Breve exilio en Helsinki - Día 1

"Necesito un día finlandés, necesito un largo día finlandés"Así empieza un gran poema de Bernardo Atxaga, que muchas veces he tenido en mi cabeza estos años, y que me he llevado aquí, a Helsinki, como la principal y más personal referencia sobre estas tierras. También, había visto u oído algo sobre los días de verano donde no se pone el Sol, sobre encuentros y casualidades en círculos polares, naranjas en el cielo, silencios y hombres sin pasado de Kaurismaki, taxis de borrachos existenciales durante una noche en la Tierra, el viejo de los trineos y Rufus en Laponia, Otto el piloto, Litmanen, Räikkönen, abuelo Yulupuki, black metal, zapatillas Karhu, Nokia y algunas otras referencias fugaces contemporánea. El caso es que ahora son las 00:00 y no hay rastro de ese sol de que hablaba Atxaga. Aunque hace una hora todavía se podía ver un poco en este cielo limpio.

Muy limpio, aunque hace mucho calor. Duro y pegajoso, como en Palma de Mallorca. Sí, aquí, en Helsinki. Camiseta empapada todo el puto día. Pero bueno, también la tenía en el control de pasaportes de la T4 esta misma mañana. He tenido que pasar tres veces la mochila por culpa de las malas indicaciones de una policía amargada. No me gusta viajar en avión. Odio esta ceremonia de concienciación del terror y humillación de los controles de entrada. El tiempo perdido en esos controles, en la facturación, el acoso de los comerciales de una tarjeta del banco (joder, incluso en la puerta de embarque!) y otra vez esperar en el embarque y, de nuevo, al llegar. El vuelo fue bastante tranquilo, bordeando la Borgoña y el Mar Báltico, con un triste sandwich de atún y tomate, un zumo de naranja y un té como almuerzo.

Salí del aeropuerto de Vantaa con esa bofetada de calor como bienvenida a Finlandia. ¿Frío? NO. Inauguro la Helsinki card en el caótico autobús de Finnair. Abren para meter maletas, se queda la  conductora allí abajo y, sin saber por qué, nos colamos todos en el bus. Luego entró e indicó que debíamos bajar, subir de nuevo y pagar. Esto no es el mundo salvaje. Su mirada, la misma que la que me dió la Helsinki card, la de la mayoria de gente que he encontrado por la calle, es igual de fría. No gritó, como haría en España. Bastaba su serenidad y convicción. Y lo logró.

Estación central de Helsinki, cojo tranvía equivocado (pese a las indicaciones de Google maps, que inventó la ruta del tram 6 para parar milagrosamente al lado de mi hotel, cosa que no hace) El conductor, al final el trayecto, me indicó amablemente dónde coger el correcto, el 8, y allí fui. Calle vacía, algún centro comercial, silencio en las aceras, algún que otro coche... Y mucha gente yendo en bicicleta.

Recepción en el hotel y bonitas vistas desde la habitación. Con la de recepción algo de palique sobre el tiempo y las vistas. Luego, tras pelearme con el ascensor, llego a la habitación: un séptimo piso en el que se ve un lago, una carretera sin apenas coches y unas obras justo debajo del edificio. Pero me quedo con una gran postal a lo lejos, que se repetiría horas después, al ver ese largo anochecer desde la ventana.

Salgo a pasear por la zona aunque no hay nada aparentemente interesante, y tras cotillear qué hay en  un centro comercial cercano, acabo tomando fast food enfrente del mismo. Busco wifi desesperadamente, ya que leí que en toda la ciudad había red, pero no es tan fácil. Visto lo visto hoy, sólo hay en centros comerciales, restaurantes y algunos puntos concretos del centro. También en el autobús al aeropuerto. Termino y sigo caminando. Apenas hay gente por la calle (19:00) pero a medida que me acerco al centro, encuentro más gente en terrazas y sentados en los parques, algunos cenando en plan picnic, como en el paseo Esplanadi, donde me acerqué para ver dónde vendían entradas para un sightseeing bus que pillaré mañana por la mañana, para echar un vistazo a la ciudad. Me encontré con varias tiendas de tatuaje durante mi paseo. Pensé que me gustaría hacerme uno aquí.

Lejos.

Pero rechazo esa idea banal.

Me sorprende la variedad de razas, colores, rasgos que me encuentro en esta ciudad tan al norte de Europa. Pensé, erróneamente, en una ciudad cerrada de finlandeses de toda la vida, alejados del mundo. Pero me encontré mujeres con velo, hombres del África profunda, orientales, hispanos. Todos parecían hablar finés con la misma naturalidad que los autóctonos, algunos jóvenes forman pandillas con chavales locales en los centros comerciales y aledaños. Hay ambiente cosmopolita, integrador, abierto. Y más bicicletas por la calle, y skaters. Y las chicas tienen la piel canela y el pelo plateado, liso y suave. Los ojos azules brillan ligeramente achinados, y sonríen sólo en la complicidad de sus grupos de amigas. Las calles, los restaurantes de comida rápida, los carteles de conciertos, las pintas de los chavales, todo tiene una influencia clara de la globalidad de la cultura occidental.

Es fácil pasar desapercibido aquí y no se aprecia mucho ruido por la calle, pese al bullicio aparente. Paso por la estación central, fotografío algunos trenes viejos dentro de la misma, sigo por los alredecores del centro comercial/estación de autbús Kampi, Esplanadi animada, puerto vacío y vuelta al hotel callejeando un poco más, al menos para hacerme una idea de qué hay por esa zona y situarme con respecto al hotel.

Ahora, aquí, mientras escucho anuncios finlandeses en la tele, el cielo está cubierto de nubes y apenas se pueden ver las estrellas. Mañana toca patear la ciudad de cabo a rabo, con ayuda de tranvías, claro. Y espero pasarme por el Corona, mítico bar con billar, cine y buena música que, junto con el peculiar Mosckva, tienen los hermanos Kaurismaki en Helsinki.

Esto acaba de empezar.
Seguiremos informando, desde este breve exilio finlandés.

Ver fotos de este viaje a Helsinki aquí

25 junio 2014

Run like the wind



"... But he'll have no time to wait
He must see beyond his fate..."


Días
semanas
vidas
veloces como cuchillos en el aire




19 mayo 2014

X

Tal día como hoy (19 de mayo de 1925) nació Malcolm X. Su figura siempre fue, para mi, una inspiración en muchos aspectos, sobre todo tras leer su famosa Autobiografía coescrita con Alex Haley tras numerosas entrevistas realizadas entre 1963 y 1965, año en el que sus propios compañeros de la Nación del Islam le mataron a tiros durante un discurso.



Siempre admiré su capacidad de supervivencia, su manera de hablar, de querer hacer entender a la gente el discurso de la Nación del Islam, pero sobre todo su manera de atacar la raíz del racismo enquistado en la sociedad norteamericana, especialmente cuando tomó distancia del discurso "oficialista" de la Nación por el suyo propio, integrando a todas las razas, ideologías y personas entregadas a la lucha contra el racismo y las injusticias sociales inherentes a este drama en los EE.UU.


Al final la película 'Haz lo que debas', de Spike Lee, sale un rótulo en el que se puede leer esto:

Como método por lograr la justicia racial, la violencia resulta, a la vez, poco práctica e inmoral. Resulta poco práctica porque es una espiral descendente que acaba con la destrucción total. La ley del ojo por ojo nos deja a todos ciegos. Es inmoral porque lo que busca es humillar al oponente más que buscar su comprensión; busca aniquilar y no convencer. La violencia es inmoral porque se alimenta de odio y no de amor. Destruye la comunidad y hace imposible toda hermandad. Sume a la sociedad en un monólogo en vez de promover el diálogo. La violencia acaba por destruirse a sí misma. Crea amargura en los supervivientes y brutalidad en los destructores". Martin Luther King
"Pienso que hay mucha gente buena en América, pero también gente mala, y los malos son aquellos que parecen disponer de todo el poder y que están en esta posición por negarnos lo que tú y yo necesitamos. Delante de esta situación, tú y yo tenemos que conservar el derecho a hacer todo lo que sea necesario por acabar con una situación así. Esto no significa que yo defienda la violencia, pero tampoco estoy en contra de la violencia en legítima defensa, que yo denomino inteligencia". Malcolm X





04 mayo 2014

The boxer


Aquí, con doblaje en castellano.

Siempre me han interesado las películas sobre boxeadores. No tanto por sus éxitos o su técnica al golpear, sino sobre todo por su fortaleza a la hora de aguantar los golpes. Ahí está la clave de su resistencia o de su debilidad. 

Simon & Garfunkel - The Boxer



27 abril 2014

Before / Antes


"Déjame cantarte un vals", cantaba la bella Celine a Jesse, en aquella buhardilla de Paris, mientras tomaban una manzanilla antes de que Jesse se fuera al aeropuerto para volver a Nueva York. Muchas películas me gustan simplemente por detalles. En esta, por ejemplo, hay muchos. Por ejemplo, se habla de París sin caer en tópicos de películas románticas de la capital francesa: No hay besos en un parque, no comen croissants en un hotel, no se ve la Torre Eiffel en ningún momento. Cosas así. Tal vez porque no es una película romántica. Es más bien un documental: Se presenta la naturalidad de esos personajes que se vuelven a ver después de tanto tiempo, y con tantas cosas de las que hablar.

Es 'Antes del atardecer', la segunda película de Richard Linklater sobre la pareja que una vez decidieron pasar un día y noche inolvidable cuando decidieron bajarse de aquel tren en Viena. Eran jóvenes. Eternos. Bellos y arriesgados. Pasionales. Creo haber sido algo de eso alguna vez, o tal vez no eran más que síntomas de un romanticismo empedernido. A veces nadaba en un estanque de tormentas, con el techo casi golpeando mi cabeza tratando de no ahogarme en él. Pero recuerdo que tuve grandes momentos. Esos que marcan gustosos e imperecederos en la memoria como tatuajes en la piel. No pude dejar de sentir algo especial al ver esta película, algo que me conectaba con ese momento único y trágico en el que se atisba una despedida. Ese "Pues bueno, ahora nos vamos cada uno por nuestro lado". Y sentir, no esa ñoñería de las putas mariposas en la tripa, no. Me refiero a una explosión en cadena, apenas incontrolable, que se te escapa del corazón mediante latidos ensordecedores que te aturden y enfocan tu visión de la realidad sólo en un punto que sabes que en un momento u otro acabará por difuminarse en la lejanía.

O quizás, decides perder ese avión.

Ese avión, Jesse.

Y cambias tu vida para siempre.

A veces sueño con aviones. Antes era más de trenes: Estaciones gigantescas y vacías con trenes que pasaban a mi lado a toda velocidad. Últimamente son aviones. Dentro, despegando, aterrizando, en tierra. Con esa sensación de majestuosidad al contemplarlos, como ahora hago cada día, al despegar y aterrizar. Y también ese momento de pánico 'may-day' ante el momento crítico del despegue. Nunca entendí los significados de los sueños. Creo que son simplemente recursos aleatorios que usa nuestro cerebro para entretener nuestro descanso. Más allá de las causas científicas, claro, si investigáis un programa llamado 'Resolume', encontraréis ciertas similitudes con ese acto de soñar. Con esta aplicación, puedes lanzar videos de forma aleatoria en proyectores, por ejemplo. En un sueño tenemos esas imágenes basadas en nuestros recuerdos que tratan de sincronizarse con las ondas cerebrales que trabajan sin descanso toda la noche, fluctuando según nuestras preocupaciones, estados de ánimo o simplemente la digestión de la cena.


Y yo que quería hablar del amor, las relaciones y una buena trilogía dirigida por Richard Linklater sobre la pareja, el paso del tiempo y los sentimientos. Y al final acabo por hablar de trenes, aviones y un programa para VJ. Ah, y no sé qué movida sobre explosiones en cadena y latidos ensordecedores. Esto último, dejes de aquel romántico del estanque de tormentas, supongo.

Me temo que si continuo podría escribir muchísimos párrafos esta noche.

Otro día hablamos con calma de 'Antes del amanecer', 'Antes del atardecer', y por supuesto 'Antes del anochecer'.

23 abril 2014

Instrument



"We need an instrument to take a measurement

To find out if loss could weigh"

(Necesitamos un instrumento para realizar una medición
Para averiguar si puede pesar la pérdida)

Hubo un tiempo en que era, pensaba y vestía de una manera
muy particular

Pero ese tiempo ya pasó

Se perdió

Y ahora sólo me quedan las palabras de entonces
muchas canciones
y recuerdos empapados de ansiedad

Pero todavía hoy
sigo buscando ese instrumento.

11 abril 2014

Drive

Últimamente conducir es lo que más unía a Mr. Hun Shu y a su padre. A él le daba seguridad y autonomía y al padre le volvía a poner en conexión con su hijo, con sus virtudes y sus debilidades, y él se erigía como figura paterna instructora. 
Un día, después de comer con su familia en un restaurante portugués, Mr. Hun Shu conducía por unas calles a las afueras de la ciudad para ir a casa de su hermana. Su padre, en el asiento del copiloto, bromeaba con su sobrina, que iba en el asiento de atrás. Acababa de empezar la primavera, y hacía un calor que todavía no era asfixiante. Apenas había gente por la calle y una luz cálida brillaba encima de un terreno colonizado por pequeñas urbanizaciones y adosados ocasionales. 
Entonces tuvo una agradable y extraña sensación. Extraña por ser virtualmente conocida.
Quizás estaba todo en su imaginación.
Pero era como si hubiera vivido algo parecido antes, en otra vida paralela.
Estaba Mr. Hun Shu conduciendo un coche con un grupo de amigos, con 18 o 19 años, yendo por una carretera parecida. Atardecía en verano, con esa luz anaranjada y brillante, y se encontraban quizás cerca de la playa. Era así porque seguro que no estaban rodeados de grandes edificios ni había ese típico tráfico agobiante. No era la ciudad, definitivamente. 
Incluso tal vez fuera en otro país.
Entre ellos había risas y mucho vacile. Quizás iban a un concierto. A la fiesta en casa de un amigo. O a patinar por ahí. Alguien fumaba hierba, otro tenía un skate. Tal vez había una o dos chicas en ese coche. Oían hardcore melódico y punk rock. Mr Hun Shu conducía, paraba, arrancaba, aceleraba y podía sentir una cálida camaradería, con esa intensidad juvenil y sus ganas de devorar el mundo. 
Sentía vida. 
Una vida paralela a la suya. A aquellos 18 - 19 años que realmente vivió.
En alguna otra parte del pasado.
Náufrago en sí mismo. 
Mr. Hun Shu siguió conduciendo mientras su padre bromeaba con su sobrina. 
Era agradable y extraña esa sensación.


08 abril 2014

Televisión

"Tal vez debiéramos permanecer algo más fríos frente a la televisión porque temo que en el otro lado nos pueden ver"



El programa de hoy es para gente como tú y como yo.
No
Deben saber quién soy...

04 abril 2014

Labor omnia vincit


Respuesta habitual en la búsqueda de empleo de Mr. Hun Shu

"El trabajo todo lo vence" Virgilio dixit

01 abril 2014

1990

El padre de Travis acababa de encontrar una cinta VHS que ponía "1990". Eran clips de video que el mismo grabó durante aquel año, con su cámara Sanyo Hi8 que compró por 125.000 pesetas. Entonces era la gran novedad. Durante unos cuantos años la llevó a todo tipo de reunión entre amigos, familiares y excursiones varias. Se sentaron ese domingo Travis, su padre y su madre frente a la tele en el salón y empezaron a ver aquella cinta, gastada y llena de drops en la imagen, que chirriaba a ratos en los gastados cabezales del vídeo. "Que horror de voz" dijo su padre al oír sus audiocomentarios durante un eterno plano secuencia del trayecto por carretera entre El Pardo y Madrid. Lo más destacado en estos vídeos eran los recursos narrativos que con más o menos acierto se iban experimentando involuntariamente: El mareante zoom completamente desestabilizado, los alocados paneos, la tapa puesta al empezar a grabar una toma, el toque en falso del "pause" o "stop" que hacía que se siguiera grabando conversaciones absurdas, discusiones y suelos fuera de foco, el cambio del plano subjetivo (ahora grabas tú, ahora se la doy a Miguel, deja que la coja yo, etc. ) y las indicaciones de quienes agarraban la cámara en ese momento (Hay que darle al REC, no, al botón, ¿tiene que estar en rojo?, cómo se quitan esos números, di algo, ven aquí, no te escondas, ve para allí, no te muevas tanto , etc.)



En un plano aparecía la madre de Travis conduciendo, casi 25 años más joven. "Fíjate cómo conducía, sabía hacer cosas. Ahora no sé hacer nada, soy una inútil" decía su madre mientras apoyaba su cabeza en una de sus manos temblorosas. "Mamá, no eres una inútil, sólo has perdido práctica". Sus intentos de animarla sabía que eran en vano. No le gustaba envejecer y era consciente de sus limitaciones. Su madre no respondía al concepto de ancianos vitalistas, al estilo del viejo ese del anuncio de Ikea que va con una silla por todo el mundo, o el entrenador personal del imbécil de Aznar, ese que casi se abre la cabeza en un programa tratando de demostrar su vitalidad. Pero tampoco está senil en una silla de ruedas, ni postrada en una maldita cama de hospital enganchada a máquinas que fuerzan su vida más allá del dolor. Ella en el fondo se sentía tranquila en casa. Pero al verse ahí, más joven, con otro pelo, un cuerpo menos castigado por el tiempo, se sentía muy lejana y abandonada a la inevitable vejez.

En un momento del video, durante una fondie en la casa de Elena, aparecían los perros que entonces tenían. "Qué pena esos perritos, hace tanto que murieron", dijo su padre. En el video salían varias amigas de su madre, que también fueron murieron en estos años. Y su tía-abuela Dolores, también fallecida. Pero ahí estaban en la tele riéndose a carcajadas, respirando toda la vida del mundo, caminando y posando delante de la cámara, imitando a presentadores de informativos, disfrutando de la carne, las salsas, la queimada y los chistes del marido de Elena. Luego empezó la parte del primer viaje a Galicia, en verano. Estaban en la antigua estación del Norte junto con la familia de Elena. El padre de Travis seguía grabando detalles, un perro que pasaba por el andén, los coches entrando en los vagones portacoches, los carteles del destino del tren, ruedas, raíles, camarotes, un pájaro, los grafittis a la salida de la estación. En el viaje en tren también salían Travis y su hermana. Ella, risueña y cariñosa. Él, incómodo y tímido.

Entonces llamaron a la puerta, venía la hermana de Travis con sus hijos y su marido para comer con la familia, como casi todos los domingos. Así que apagaron el video para poder seguir viéndolo más adelante. Y todo volvió de repente a la realidad, 25 años después.

29 marzo 2014

Santa Ira

Ayer vi "Some kind of monster", el excelente documental que hicieron sobre la grabación del disco de Metallica "St. Anger", una muestra de cómo son las relaciones humanas, los egos y las inseguridades, la rabia y el sentimiento de culpa en los miembros de una banda que ha vendido millones de discos por todo el mundo en estos últimos treinta años. Sentimientos que no son ajenos a los de cualquier otro mortal.

Durante más de dos horas y media las cámaras siguen el proceso de búsqueda interior de cada integrante de Metallica y se muestran desnudos bajo la tutela de un psicoanalista que les va dirigiendo hacia los caminos que deben explorar en busca de, no sólo la armonía personal entre ellos y en sí mismos, sino también para poder afrontar las duras jornadas de grabación y la responsabilidad que conlleva sacar un nuevo disco después de seis años de silencio. Un disco, además, que buscaba tener un sonido diferente al que habitualmente tenía Metallica. Más crudo, más sincero, más directo. Que reflejaran esos intensos años de cambios mientras grababan ese disco.



Pensé en este blog. Las historias de Mr. Hun Shu (otrora Mr. Randal).
Apenas ocho entradas el año pasado. Muy pocas. Quizás, también, muy pocas ganas de mostrar nada. 
Pensé también en mi St. Anger particular. En lo que estoy viviendo ahora. Los cambios y las dificultades que estoy pasando. En mi silencio. Ante mis amigos y mi familia. Es como si de repente estuviera en una habitación con luz muy tenue, en uno de esas cabinas individuales que hay en los sex shops. Y quien se desnuda ante mi no es ninguna diosa del Barrio Rojo, sino yo. Mr. Hun Shu. Ese que ahora tiene barbas y antes tenía sueños.

Pensé, por último, que desearía gritar y romper ese silencio. Este aislamiento express de estas últimas semanas.

Y tal vez, sólo tal vez.

Esto

Me pudiera servir para, al menos,
desnudar mi cotidianidad. 


13 enero 2014

Fe

Levántate una y otra vez hasta que los corderos se conviertan en leones
(De la película 'Robin Hood', de Ridley Scott, 2010)



Quién sabe
si
la fe se agrieta o
erosiona,
o si el río del tiempo va mordiendo sus orillas hasta que simplemente se
desmorona.
Parece repentino.
No lo es.
(De 'Los reyes de lo cool', de Don Winslow)